De un país que lee poco a uno que lee menos de lo poco.
No debe de llegar ni al 0,5 por ciento el promedio de escritores colombianos que reciben por venta de sus libros derechos superiores a 50 millones de pesos. No deben de existir más de dos escritores colombianos que ganen esa cantidad. Para llegar a esa cifra, gravable según la ley vigente, tendrían que venderse 20 mil ejemplares de un libro de 25 mil pesos (PVP).
Las exenciones de renta y complementarios sobre los derechos de autor de escritores y traductores residentes en Colombia, que se aplican sólo a libros impresos en nuestro país, son una linda formalidad que "beneficia" al 99,5 por ciento de los escritores que con mucha suerte y más penas vendemos promedios de 3 mil ejemplares de un libro. ¿Pero saben lo que recibe por derechos de autor un escritor que venda la exitosa cifra de 3 mil ejemplares, a 30 mil pesos copia?
Este escritor, excepcionalmente afortunado, recibiría 9 millones de pesos. Si quieren conocer las utilidades netas de ese escritor, cuya obra ha sido escrita en un plazo aproximado de 12 meses, habría que dividir los 9 millones por 12 y concluir que el escritor ha recibido 750 mil pesos mensuales de "remuneración" por su trabajo.
Si esto sucede con un escritor de éxito relativo, feliz mortal capaz de vender 3 mil libros, pensemos en lo que percibe por regalías aquel cuyas ventas no pasan de mil ejemplares, promedio normal en un libro colombiano de creación literaria. La nueva reforma fiscal caería como chulo hambriento sobre esos 3 milloncitos, es decir, sobre los 250 mil pesitos que el pobre escritor "ganó" mensualmente durante un año, pagables a posteriori por el editor.
En vista de cuentas tan irrisorias, la Ley del Libro de 1993 creó esas exenciones, las mismas que la Reforma proyectada puede eliminar de un totazo. Si se llega a aprobar ese disparate, sumado al disparate mayor de aplicar el IVA para libros, revistas y folletos; si se grava esa producción en un 10 por ciento, tal como lo propone sin ni siquiera despeinarse el ministro Carrasquilla, empezaríamos a ser, no un país que lee poco sino un país que lee menos de lo poco. Los incentivos para apertura y ensanche de librerías se caerían también; mejor dicho, la reforma acepta que al caído hay que caerle.
Lo último que probablemente le importe a un ministro que gana 10 o más millones mensuales y que saldrá a ganarse 150 o 200 mil dólares anuales en un organismo internacional que necesite ex ministros duchos en tapar el inmenso hueco abierto por el despilfarro público, lo último que le importe será dejar damnificados en este sector.
Si los precios de nuestras publicaciones ya son motivo de queja, lo serían más con esta reforma. El nivel de lectura descendería considerablemente, pues en las clases medias ilustradas es donde se compran y leen publicaciones culturales. Libros de autores colombianos a quienes no se les retiene en la fuente ni un centavo porque de esa fuente no manan sino ridículas cantidades.
El único que hoy debería pagar retención en la fuente por la venta de 70 mil ejemplares de su obra, a razón de 20 mil pesos copia, sería el autor de Sin tetas no hay paraíso, el "novelista" colombiano más exitoso después de García Márquez. Se ha embolsillado la bicoca de 140 millones de pesos, 10 por ciento de las ventas que declara.
Yo no sé si la prerreforma Carrasquilla tiene información sobre estas cifras o si la delirante econometría llevó a pensar que el éxito mediático de algunos escritores es proporcional a las utilidades de sus libros. Yo lo invitaría a visitar un pabellón de saldos, montañas de buenos libros colombianos que se venden a 3 mil y 5 mil pesos.
Esas sí son utilidades para los escritores: se pueden comprar baratos, con la platica ganada por regalías, para obsequiárselos a los amigos.